Rompiendo Españas

Es curioso, España ha sobrevivido a los últimos Austrias y sus validos, a una gran guerra europea por la sucesión de su trono (tan traída últimamente con el tricentenario famoso), a los cambios borbónicos, a la conquista napoleónica, al desgarro de la independencia americana, al desastre de Fernando VII (el deseado…), a su hija Isabel, a las guerras Carlistas por la subida al trono de Isabel y sus sucesores, al turnismo entre Cánovas y Sagasta (y sus diádocos), a todos los alzamientos militares del s. XIX, al desastre del 98, a Primo de Rivera, A la II República (de la I no merece la pena hablar mucho), a una cruenta Guerra Civil y la posterior dictadura y represión, a una tensa transición hacia la democracia y cuando parecía que todo tenía que ser paz y felicidad, puesto que gozamos de unas instituciones y unos derechos democráticos (por lo menos formalmente), es cuando parece que España no vaya a pasar de este invierno, si es que llega.

Parece que los últimos dos gobiernos (para repartir por igual y no se me queje nadie), se han empeñado en demostrar que son los gobernantes más incompetentes que ha tenido nuestra longeva historia. ¿Se habrán propuesto superar todos los acontecimientos y gobernantes que he mencionado antes y que hicieron tambalear a España? La estrechez de miras y el continuo electoralismo y cortoplacismo del que hacen gala los gobiernos, quizá acabe siendo más trágico para el futuro de España (territorialmente tal y como es ahora mismo) que otras épocas sin libertad y gobernada por reyes o tiranos. ¿Será la democracia la que acabe dando la estocada a este Estado, con todo lo que le ha costado al mismo alcanzarla? La verdad, no creo que debiera ser así, pero parece que se están empeñando, tanto unos como otros, en conseguirlo. Están metidos en un callejón sin salida y caminan directos al muro, sin darse cuenta que lo más fácil y lógico es darse la vuelta, salir de nuevo a la calle principal e intentar tomar otra calle que tenga salida.

No voy a vender que tengo la solución a todo este conflicto territorial e identitario, pero a él se ha llegado por múltiples motivos y creo que pocos tienen que ver con la solución independentista que se plantea desde la aparente mayoría social catalana. También reconozco que soy un absoluto desconocedor de la realidad del lugar (que no de su historia), pero bien es verdad que cuando yo estuve en Barcelona por primera y última vez (no tendría ningún problema en volver por ahí, que quede claro) hace 7 años, todo lo que hay montado ahora ni se hablaba, ni se respiraba, ni se deseaba, ni nada que se le parezca. Lo del Estatut fue una cagada monumental por parte del gobierno central, su magnificación por parte catalana, probablemente también. Pero no nos engañemos, si no hubiera estallado la crisis económica y social que amenaza con reventar España por todos sus costados, no sólo por las reivindicaciones territoriales, no nos encontraríamos en las que estamos.

El nacionalismo light que se ha ido inoculando a la sociedad catalana a través de los medios de comunicación locales y sobre todo, a través de su sistema educativo, es el caldo de cultivo necesario para que tras una serie de acontecimientos tan graves (la grave crisis y sus recortes, el problema del Estatut) y la gestión y difusión que de los mismos se ha hecho desde las autoridades catalanas, haya hecho que la situación se encuentre en el estado que está, ya que este nacionalismo ha dejado de ser light. Hay una gran mayoría, sobre todo de la juventud, que aunque no tiene un gran sentimiento nacionalista arraigado, porque de hecho en muchos casos sus padres provienen de otras partes de España, están totalmente convencidos de que es mejor para Cataluña independizarse (por muchos motivos, aunque los principales son económicos). Pues el gobierno central, en vez de hacer pedagogía, acercarse a todo el pueblo catalán, que también gobiernan para ellos aunque no lo parezca, e intentar reconducir la situación, se empeña en seguir mirando al muro.

Lo dicho antes, yo no tengo ninguna solución, no sé si es buena idea o no, si es legal o no, dejar votar a los catalanes, pero lo que sí es seguro, que sería mucho más inteligente por parte del gobierno central manejar directamente el proceso y que se haga bajo su control y supervisión, porque en parte por dejar de manejar de forma directa la educación catalana se ha llegado a esta situación. Y que tengan bien claro, que todos los españoles, no sólo los catalanes, les exigimos que lleven a buen puerto esta situación, porque lo que sí es seguro que en el País Vasco están mirando con lupa los acontecimientos, para dependiendo como se solucionen tomar un camino u otro.

Asimilado Negro

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Y Dios hizo la luz

Ojalá todo fuera tan sencillo como eso, o que Prometeo nos bajara el fuego para calentarnos, pero lamentablemente eso no es así, si no que se lo pregunten a los vecinos de la provincia de Gerona en las últimas fechas. Para nuestra desgracia, los dioses hace tiempo que dejaron de velar por nosotros en esta cosas tan mundanas y una suerte de entes los han sustituido. En muchos aspectos estos entes son similares a los dioses antiguos, para empezar son muy poderosos y la mayoría de las veces sus deseos se acaban convirtiendo en leyes para los mortales. No puedes verles ni hablar directamente con ellos, ya que no tienen oficinas a las que acudir, y al igual que antes se hablaba con los inmortales a través de intermediarios y de rezos, ahora se realizan todas las gestiones con estos entes a través del teléfono. Si señores, nos referimos a las eléctricas.

En los últimos días vemos como han salido a la palestra por los incidentes que el temporal de nieve ha desatado en Cataluña y por otras informaciones, que nos ponen a las eléctricas como uno de los servicios que mayores denuncias han generado por sus desmanes y abusos hacia los consumidores. Pero por desgracia, todas esas reclamaciones no hacen moverse ni un ápice a estos entes, tal y como los dioses no se inmutaban ante los mortales antaño o como sus representantes hacen hoy día (ya que rara vez vemos a las autoridades religiosas adaptarse a los nuevos tiempos).

La lista de abusos que realizan son equiparables a las correrías de Zeus violentando a doncellas en sus mejores tiempos. Entre todas “convencen” al gobierno para liberalizar el mercado, para que los precios ya nos los marque el estado. Pero estamos en un curioso país en el que los “atractivos” precios que nos ponen las eléctricas para que dejemos las tarifas de papá Estado son mayores que estas, ¡esto si que es competitividad! A esto hay que sumarle que dichas empresas engañan a sus clientes diciéndoles que tienen que pasarse a mercado libre porque así lo dice el gobierno, además no ofrecen a los nuevos clientes la posibilidad de hacer su contrato en mercado regulado. Ahora y volviendo a la invisibilidad de estos entes, si quieres contactar con ellos para cualquier gestión (reclamación de facturas, altas, bajas, información, etc…), tienes que llamar a un teléfono que encima suelen ser 901, para que ya el cliente se piense el llamarles, después te tiras una buena minutada hablando con máquinas y si tienes suerte te atiende un teleoperador que es de una subcontrata y cuya capacidad para solucionar cosas que vayan más allá de tomar lecturas de contador o reenviar facturas es bastante limitada. En ocasiones puede que en tu ciudad haya oficinas de atención al cliente en la que poder hacer ciertas gestiones, pero en la mayoría de los casos, son centros asociados (tiendas de electricidad y negocios afines) que tampoco son la eléctrica y cuya capacidad es aún más limitada que la del teleoperador, y por último tenemos la opción de Internet para realizar ciertas gestiones, que en la mayoría de los casos tienes que acabar realizando por teléfono porque no se registran convenientemente. Vamos, que seguramente el contacto con los dioses del pasado que nos proporcionaban luz y calor era más sencillo.

Mejor no olvidarnos de los pagos a estos entes como compensación a sus excelentes servicios. Facturan lo que quieren y como quieren siempre amparándose en que la normativa que marca el ministerio de Industria les obliga a operar de una u otra forma. Que si el técnico no tiene obligación de tomar lectura más de dos veces al año (y el que se pase cada 2 o 3 meses, acaba siendo un favor que hay que agradecer a la eléctrica de turno), que si ahora hay que facturar mensualmente, pero como el técnico no se pasa todos los meses, se estima el consumo en relación al consumo del año anterior en ese mismo domicilio, que el cliente siempre tiene la opción de llamar para darnos la lectura, etc… En definitiva que siempre va a haber una normativa institucional a la que se amparen para justificar su actuación y muy hábilmente se ponen como víctimas ante sus clientes dejando a los gobernantes como los malos, ya que ellos solo actúan con las normas que ellos les marcan. Qué casualidad que esas normas siempre favorecen a la eléctrica y nunca al consumidor. Sinceramente, unos cuantos rezos, unas cuantas festividades y un par de vacas sacrificadas eran mejor forma de pago por la luz y el calor del fuego o el sol, que las actuales, por lo menos uno sabía a lo que atenerse y la furia de los dioses no solía ser tan impersonal, como sucede a día de hoy en la que estos entes, si por un casual (no tan casual en los tiempos que corren) el banco te devuelve un recibo, te envían una circular mafiosa y amenazante poniéndote poco más que como un criminal.

La verdad es que estos nuevos todopoderosos de la energía son mucho más injustos y caprichosos que un Zeus mujeriego o un Apolo cantarín, y lo aquí expuesto nos es más que la punta de un iceberg demasiado grande.

Asimilado Negro

El periodismo, a veces

Hay titulares que sólo pueden ser escritos desde la lejanía. Y traigo dos ejemplos. Estos días un periódico tasaba la distancia exacta a partir de la cual divertirse es inmoral: 100 kilómetros. El kilómetro sentimental es una práctica habitual en periodismo, pero pocas veces se ha exhibido con tanta arrogancia, con una demagogia tan precisa. “Un crucero de lujo fondea a solo 100 kilómetros del horror de Haití”, moralizaba el titular. Quien redactó la información, además, se gustaba haciendo literatura y no dudó en la licitud de bucear en la conciencia de los diletantes e insensibles viajeros: “…muchos otros no pudieron resistirse a la tentación de tomar un cocktail”. No tengo mucho que añadir a los comentarios de los mismos lectores a esa información del periódico. Me limito a citar un par:

Según un informe contrastadísimo, como es habitual en este periódico, a 4785 km de la zona devastada por el terremoto, alguien estaba comiéndose una langosta ¡Y se ha dejado la cabeza sin chupar! ¡Que cínicos y sinvergüenzas!

Poner la comparación de un crucero de lujo respecto al drama de Haití es algo morboso porque no despierta ninguna conciencia.El mundo siempre ha funcionado así. Gente que muere en la miseria y al lado el millonario encendiendo los puros con billetes de 100 dólares siempre ha existido. Los humanos somos así. Lo importante es que al final todos nos morimos, este es el gran rasero que nos hace a todos iguales.

… Y así, hasta casi 900 comentarios.

Broma macabra, ese periódico publicó en el mismo día otro titular que desvela la cara más siniestra de los moralistas sin moral: “El terremoto de la solidaridad digital”. Un ejemplo de lo más pulido de metáfora como obscenidad. La misma sentencia banal y amarillista con la que el diario condenaba a unos turistas, le acaba condenado a él mismo. Para quien no tenga claro que titulares así sólo pueden ser escritos desde la más absoluta falta de empatía, juguemos a imaginar variantes para alguna de las tragedias españolas recientes:

Para el atentado del 11-M: “Los vagones de la solidaridad” o “Súbete al tren solidario”.

Para el accidente de Barajas: “Pista abierta para la solidaridad” o “La solidaridad despega”.

Para un coche bomba de ETA: “Estalla la solidaridad” o “La solidaridad, dinamita para los etarras”.

¿Se hubiera atrevido a publicar algo así quien ahora con tanta alegría se da al lujo de las metáforas macabras? ¿Con qué crédito moral se atreven a condenar aquello que ellos mismos han practicado, practican y practicarán?

Asimilado Rojo

La trilogía del siglo

Yo también he leído este año que acaba la Trilogía. Con un entusiasmo voraz me he metido entre pecho y espalda más de 1.700 páginas… y he digerido su sabiduría dulcemente. Puedo decir ahora que conozco mucho mejor la sociedad de la que formo parte, que soy más consciente de la herencia del siglo que dejé atrás y que estoy mejor preparado para desactivar las trampas que se camuflan detrás de los mecanismos institucionales de la memoria.

¿Stieg Larsson? No, Tony Judt. ¿Milenium uno, dos y tres? No, Postguerra, El olvidado siglo XX y Pasado imperfecto. ¡Cómo conformarse con ficciones cuando se tiene al alcance ese cada vez más raro espécimen de ensayo ameno, perspicaz y maravillosamente escrito! Tony Judt es un historiador que cocina como pocos hoy la receta tan inconfundiblemente anglosajona del rigor intelectual y la prosa limpia y admirable. La frecuente -y no tan desencaminada crítica- que alega que la historia contemporánea es poco más que periodismo con notas a pie de página, es una injusticia aplicada a tipos brillantes como Michael Burleigh, Mark Mazower o el propio Judt.

Advierto: no quiero hacer de estas breves líneas una reseña sesuda (tiempo habrá en su momento para ello) sino ¿simplemente? incitar a la lectura de una historia contemporánea que pone en duda visiones reduccionistas, complacientes o intelectualmente misérrimas de nuestro pasado reciente. Todos y cada uno de los libros de Judt son intentos brillantísimos de reflexionar sobre el siglo XX a partir de parámetros nuevos y, al mismo tiempo, de proporcionar argumentos para combatir tanto el optimismo biempensante como el victimismo autocomplaciente (algo muy similar a lo que, desde esa sucursal que es la historia de las ideas, y con esmerada lucidez, se empeña en hacer Tzvetan Todorov).

He querido hacer de esto tan solo un aperitivo, pero espero cumplir la siguiente amenaza: escribir tres artículos diferentes desmenuzando lo mejor de cada uno de las tres obras aludidas aquí. Mientras llegan los artículos, qué mejor despedida que acabar citando la reivindicación de la profesión de historiador con la que Judt concluye su necesario Ensayo sobre la casa de los muertos: “A diferencia de la memoria, que se confirma y se refuerza a sí misma, la historia incita el desencanto con el mundo. En gran medida, lo que puede ofrecer es desalentador, incluso perturbador, razón por la cual no siempre resulta políticamente prudente esgrimir el pasado como arma arrojadiza con la que golpear y amonestar a un pueblo por sus pecados pasados”.

Asimilado Rojo.

Hasta el próximo derbi…político

¡Cuánto nos gusta en España el fútbol!

Igual lo que aquí escribo es una gilipollez o no, igual está cogido con alfileres o igual sirve de metáfora para reflexionar. Nuestra política es como el fútbol: como los seguidores del Madrid y el Barça (¡anda! ¡Qué la Liga también es bipartidista!) los de un equipo jamás apoyarán al del otro, ni en Champions League, que en teoría ambos representan a un mismo país (que Laporta no lo lea estas líneas, por favor) y ya no digamos que los de un equipo reconozcan que el equipo rival hace un fichaje correcto o juega mejor que el propio. Ni pensarlo.

Claro que en el fútbol (como divertimento y espectáculo de masas, no como deporte en sí), dejando aparte locuras y radicales varios, esa irracionalidad, ese sentimiento festivo está bien porque es un juego, una distracción, que aunque algunos digan que es “el opio del pueblo” creo que, sin exagerar ni volvernos locos (la mesura, qué bonito valor que se pierde cada día un poquito más), tiene algunos efectos terapéuticos en la masa de población que lo sigue.

Lo que me parece una locura es que esa forma sentir se traslade a la política con el patrocinio y los ánimos de políticos y periodistas. No han de olvidar nuestros señores políticos que son servidores del pueblo (lo olvidaron ya, lo sé) y que cuando ganan un cargo público representan a todos los ciudadanos y no sólo a los que piensan como ellos. Y por ello, no deben cerrarse a pactar con otros que no piensen igual, porque sí, sobretodo en cuestiones de importancia capital. Pero lo hacen, y lo con esa dialéctica de combate en el que “el otro” lo hace todo mal, porque es de derechas o de izquierdas. Así nos va. Aunque viendo que muchos de los que se llaman de todo en público y en el Congreso (cuando se dignan a ir claro) después se llevan estupendamente y se toman sus buenos vinos entre grandes risotadas, tiendo a pensar (y mira que no quiero pensarlo) que nos toman el pelo, que dividen a la gente para que el bipartidismo y la alternancia se mantenga (a nivel nacional, a nivel autonómico y a nivel local, que los partidos cambian pero las tácticas no). No se crean, aquí no se salva nadie, todos los partidos pecan de lo mismo.

Coño, ¡qué tienen razón! Que es mucho más fácil decir “nosotros somos los buenos y ellos los malos”, mantener la ficción de las dos Españas (que no era real en el año 36 y no es real hoy, hay muchas, había muchas Españas) y que el día de elecciones nadie discurra un poco antes de votar, ni lea los programas con atención (si entienden algo, claro, nuestros políticos olvidaron hace años la labor didáctica por la que todos los españoles y residentes españoles deberían entender que hacen y dejan de hacer, y para que eso ocurra tienen que explicarse con claridad y didáctica, pero esas virtudes sólo las sacan para criticar al contrario y que, eso sí, quede bien clarito) y si ganan los suyos salga con su banderola a celebrarlo a Ferraz o Génova, a Cibeles o a Canaletas. Y a vivir felices.

He dudado en acabar aquí el post, pero no lo voy a hacer. No quiero parecer uno de esos pajarracos políticos de mal agüero que pululan por el hábitat mediático criticando y maldiciendo sin aportar soluciones. Me gustaría hacer una llamada al raciocinio que empiece por nosotros, los votantes y que tiene que ver mucho con lo que hablaba Rojo sobre los expertos y el periodismo: pensemos por nosotros mismos. Que no digamos somos del PSOE o del PP, o de quien sea y eso sea carta blanca para dichos partidos para hacer lo que les dé la real gana. Que, sin olvidar las ideas de cada uno, podamos criticar a los que somos más afines y alabar, cuando se merezca, a los menos afines. Que no haya que comulgar con ruedas de molino con todo lo que diga un partido porque soy de tal ideología o no, porque en nuestro país mucho me temo que las formaciones existentes engloban muchas tendencias y no representan con justicia los ideales que afirman defender. Y esto me lleva a que sería mucho mejor no tener un sistema tan descaradamente bipartidista, que para empezar del PSOE o el PP se podrían sacar dos o tres formaciones de ideas diferentes y podríamos los votantes encontrar más matices a la hora de votar, y que por no comulgar con algo de un partido mayoritario, podríamos cambiar nuestro voto sin sentir que nos pasamos al otro extremo. Que se dejen de fundamentalismos baratos, de sentimentalismos de saldo y esquina para encabronar al personal y comiencen a pensar en cómo sacar adelante proyectos de futuro, en cómo ganar el prestigio y la credibilidad que la clase política necesita y está perdiendo a toda velocidad.

Que pensemos, que discurramos sobre lo que se hace bien o lo que no. Que nuestros políticos hagan lo mismo y pacten cuando sea necesario, que viendo nuestra economía y nuestra educación es muy, pero que muy necesario. Que tengamos una actitud crítica y luchadora por madurar el sistema político que nos tiene que servir y no al revés. Que lo hagamos o que sigamos cogiendo las banderas para celebrar títulos en los que no pintamos nada.

Me quedé a gusto, ¿se nota? Ahora os toca a vosotros, reflexionad, criticad en los comentarios y a ver si discurriendo todos un poco sacamos algo positivo.

Asimilado Azul

Abortando manifestaciones

El sábado pudimos ver un nuevo ejercicio de libertad democrática por parte de los sectores conservadores de nuestra sociedad, saliendo en masa (bueno, no seremos nosotros los que nos pongamos a discutir de cifras) a las calles de Madrid para manifestarse contra el aborto. Porque no nos engañemos, no protestaban por la nueva ley, sino que lo hacían contra la ya vigente o cualquier otra que permita la práctica de la interrupción del embarazo. Es una lástima que estos sectores sociales solo salgan a las calles ante cuestiones que podríamos denominar de ética y moralidad (que en según que casos no dejan de ser cuestiones personales de cada uno) y se olviden de salir ante problemas más evidentes y apremiantes de la coyuntura que vivimos. Si el Foro de la familia en vez de gastarse la millonada que se han gastado en traer a miles de personas, fletando autobuses, trenes o lo que fuera, lo hubieran invertido en las miles de familias que están pasándolas canutas en la actualidad, habrían hecho mayor honor al nombre de su asociación. No nos preguntaremos dónde estaban esas masas preocupadas y alarmadas por la ínfima catadura moral de nuestros gobernantes por su permisividad abortiva, cuando el ejecutivo era de otro tinte político y estaba vigente la misma ley que rige en la actualidad, porque nos parece evidente.

Porque la cuestión en democracia no es si no estoy de acuerdo con algo, protesto, y si protestamos muchos, ese tema con el que no estoy de acuerdo ha de cambiarse en relación a mi pensamiento. Todo el mundo tiene derecho a manifestarse, pero no por ello debe esperar que se cambie todo por el hecho de que nos hayamos manifestado. Porque por esa regla de tres, si salieron dos millones de personas (que es mucho decir), hubo más de cuarenta millones que se quedaron en casa, ¿hasta qué punto podríamos decir que toda esa gente estaba en contra de los motivos de la manifestación? Pensamos que lo verdaderamente democrático es que puedan existir leyes que dan derechos a una serie de personas que los reclaman, pero que exista esa ley no obliga que todo el mundo tenga la obligación de utilizarla. Es decir, que el que no quiera abortar, no lo va a hacer haya la ley que haya. Y a todas las personas que salieron a las calles de Madrid, les debería de dar igual lo que hagan los demás en relación a ello, si van al infierno por asesinos, será cosa de cada uno. ¿Con qué derecho, se atreven a darnos clases de moral al resto de los que no pensamos como ellos?

Una chavala de 16 años se puede casar por la iglesia, puede emanciparse, puede mantener relaciones sexuales con quién le de la gana sin rendir cuentas a nadie, ¿y sin embargo no puede abortar sin el permiso de sus papis? ¡Qué ridícula doble moral! Yo soy de los que piensa que si una persona se cree lo suficientemente maduro para realizar una acción, debe de serlo para asumir sus consecuencias. Es decir, que si una chica de 16 añitos, es lo suficientemente mayor para acostarse con un tío, debería de serlo para asumir las consecuencias de esa relación. Pero el hecho de que mi ética y/o moral me haga pensar eso, no quiere decir que yo crea que deba haber una ley que obligue a todo el mundo de acuerdo a mis presupuestos morales.

En resumidas cuentas, creo que en los tiempos que corren, en los que hay injusticias todos los días: miles de personas se arruinan o pierden sus trabajos, no pueden acceder a una vivienda digna o les es sustraída la que tienen por sus deudas hipotecarias, deberíamos ir abortando manifestaciones del corte de la del sábado y manifestarnos, por los verdaderos problemas de nuestro país. Nosotros somos de los que también pensamos que alguno de los principales problemas que tenemos vienen originados por la falta de ética y moral de determinadas personas, pero no de la pobre chica que aborta asustada o de la que lo hace porque ella o su hijo corren riesgos de salud, si no del banquero sin alma que se ha forrado a costa de todos nosotros, o los constructores que han destrozado el sueño de varias generaciones de españoles de tener un vivienda digna a un precio asequible, solo por poner un par de ejemplos.

Asimilado negro

Expertocracia

No es un fenómeno nuevo. De algún modo lo pronosticó ya en su día Marx Weber y hace treinta años fue ratificado por Jürgen Habermas: “La relación de dependencia del especialista con respecto al político parece haberse invertido, éste último se convierte en mero órgano ejecutor de una inteligencia científica”. La novedad ahora es que la patente de corso del experto, su voz áulica, no se deja sentir sólo en política.

El periodismo, antaño un oficio modesto, sin otra ambición que describir de forma clara la superficie del mundo, depende de una forma cada vez más abusiva y alarmante de la aprobación de los expertos. Sin el recurso al argumento de autoridad, el periodismo ha dejado hoy de ser un relato creíble. Algunos, aun reconociendo este hecho, razonarán que esto es fruto de una sociedad cuyo funcionamiento es complejo y enmarañado. Lo dudo.

Dejo al margen las noticias sobre experimentos y hallazgos científicos. No porque considere que los periodistas, y por ende los ciudadanos, no deban dejar en manos de los expertos sus divulgación (ni que decir tiene que la innovación requiere especialización), sino porque las causas de la baja calidad de las informaciones científicas tienen relación con muchísimos factores cuyo análisis está ahora fuera de lugar (en el libro del periodista y químico Carlos Elías, La razón estrangulada, hay un excelente repaso de algunos). Me centraré, pues, en cuestiones muchísimo menos elevadas y técnicas cuyo magisterio ya no pertenece al antiguo hombre razonable (copyright D.Y.) sino que ahora es comandado sin oposición por la intocable grey de los expertos.

Con o sin fin de las ideologías, la educación, la economía, la sanidad y la religión son pilares fundamentales del debate dentro de una sociedad con una esfera de opinión pública robusta. El periodismo recoge y al mismo tiempo difunde (por no decir que crea) las dispares posiciones políticas sobre las amenazas, problemas y soluciones que les incumben. Ahora bien, ¿es necesario que prácticamente todas las informaciones sobre estos asuntos vengan avaladas por el comentario de un experto? El experto A dice “bueno”. El experto B dice “malo”. ¿Quién miente? ¿Quién se aproxima más a la verdad? Desde luego, nunca lo sabremos, porque el periodista, en su afán por cubrirse las espaldas (o simplemente por pereza), ha delegado la responsabilidad de la veracidad en sujetos ajenos. Lo que sí sabemos es quién no pierde: el mismo periodista. ¡Cómo va a osar alguien oponerse a un experto! Nadie, tan sólo otro experto. Y así, de nuevo, vuelta a empezar.

El ejemplo más acabado de esto último son las informaciones basadas en análisis DAFO. Dejo al margen la petulancia y pedantería que supone usar una herramienta económica para elaborar un artículo de prensa (y que al resultado, encima, se le siga considerando -sin sonrojo- periodístico). Lo sobresaliente es que la disección mediante DAFO de, por ejemplo, la educación o la religión, no corre a cargo del redactor, sino que éste delega la responsabilidad en 3, 4 o 5 expertos en ese campo (el número y su calidad dependerán de las posibilidades económicas del medio de comunicación para el que trabaje el periodista). Así, de esta forma, no será el redactor el que a través de su propia experiencia, su perspicacia, sus contactos y su inteligencia describa una situación injusta, desesperante u ominosa, sino que serán los especialistas en esas materias los que esclarezcan las causas ultimísimas de sus males. La pura descripción del hecho ya no basta, sino que en bruto ésta es inoculada con una dosis irrebatible de verdad experta.

No se me malinterprete. No estoy haciendo una defensa demodé del periodista engreído y sabelotodo, del opinadetodólogo profesional. Todo lo contrario. Lo que quiero es defender el periodismo de hechos, pero de hechos buscados y contrastados por los propios periodistas. No del periodismo de agencias salpimentado de citas, cuanto más abundantes mejor, de ‘especialistas en’. Con esta forma perniciosa de delegar la responsabilidad en una casta cerrada de mentes (expertos pedagogos, expertos sociólogos, expertos teólogos), lo único que se consigue es distanciar a los ciudadanos de sus problemas, al tiempo que sustituir el dogma de la revelación por el dogma de la sumisión. Y, quizá lo más importante de todo, convertir las informaciones en una invitación a la pereza intelectual, un salvoconducto para evitar pensar por uno mismo.

– ¿Pensar? Para qué, si el experto ya lo hace por mí.

Asimilado Rojo