Expertocracia

No es un fenómeno nuevo. De algún modo lo pronosticó ya en su día Marx Weber y hace treinta años fue ratificado por Jürgen Habermas: “La relación de dependencia del especialista con respecto al político parece haberse invertido, éste último se convierte en mero órgano ejecutor de una inteligencia científica”. La novedad ahora es que la patente de corso del experto, su voz áulica, no se deja sentir sólo en política.

El periodismo, antaño un oficio modesto, sin otra ambición que describir de forma clara la superficie del mundo, depende de una forma cada vez más abusiva y alarmante de la aprobación de los expertos. Sin el recurso al argumento de autoridad, el periodismo ha dejado hoy de ser un relato creíble. Algunos, aun reconociendo este hecho, razonarán que esto es fruto de una sociedad cuyo funcionamiento es complejo y enmarañado. Lo dudo.

Dejo al margen las noticias sobre experimentos y hallazgos científicos. No porque considere que los periodistas, y por ende los ciudadanos, no deban dejar en manos de los expertos sus divulgación (ni que decir tiene que la innovación requiere especialización), sino porque las causas de la baja calidad de las informaciones científicas tienen relación con muchísimos factores cuyo análisis está ahora fuera de lugar (en el libro del periodista y químico Carlos Elías, La razón estrangulada, hay un excelente repaso de algunos). Me centraré, pues, en cuestiones muchísimo menos elevadas y técnicas cuyo magisterio ya no pertenece al antiguo hombre razonable (copyright D.Y.) sino que ahora es comandado sin oposición por la intocable grey de los expertos.

Con o sin fin de las ideologías, la educación, la economía, la sanidad y la religión son pilares fundamentales del debate dentro de una sociedad con una esfera de opinión pública robusta. El periodismo recoge y al mismo tiempo difunde (por no decir que crea) las dispares posiciones políticas sobre las amenazas, problemas y soluciones que les incumben. Ahora bien, ¿es necesario que prácticamente todas las informaciones sobre estos asuntos vengan avaladas por el comentario de un experto? El experto A dice “bueno”. El experto B dice “malo”. ¿Quién miente? ¿Quién se aproxima más a la verdad? Desde luego, nunca lo sabremos, porque el periodista, en su afán por cubrirse las espaldas (o simplemente por pereza), ha delegado la responsabilidad de la veracidad en sujetos ajenos. Lo que sí sabemos es quién no pierde: el mismo periodista. ¡Cómo va a osar alguien oponerse a un experto! Nadie, tan sólo otro experto. Y así, de nuevo, vuelta a empezar.

El ejemplo más acabado de esto último son las informaciones basadas en análisis DAFO. Dejo al margen la petulancia y pedantería que supone usar una herramienta económica para elaborar un artículo de prensa (y que al resultado, encima, se le siga considerando -sin sonrojo- periodístico). Lo sobresaliente es que la disección mediante DAFO de, por ejemplo, la educación o la religión, no corre a cargo del redactor, sino que éste delega la responsabilidad en 3, 4 o 5 expertos en ese campo (el número y su calidad dependerán de las posibilidades económicas del medio de comunicación para el que trabaje el periodista). Así, de esta forma, no será el redactor el que a través de su propia experiencia, su perspicacia, sus contactos y su inteligencia describa una situación injusta, desesperante u ominosa, sino que serán los especialistas en esas materias los que esclarezcan las causas ultimísimas de sus males. La pura descripción del hecho ya no basta, sino que en bruto ésta es inoculada con una dosis irrebatible de verdad experta.

No se me malinterprete. No estoy haciendo una defensa demodé del periodista engreído y sabelotodo, del opinadetodólogo profesional. Todo lo contrario. Lo que quiero es defender el periodismo de hechos, pero de hechos buscados y contrastados por los propios periodistas. No del periodismo de agencias salpimentado de citas, cuanto más abundantes mejor, de ‘especialistas en’. Con esta forma perniciosa de delegar la responsabilidad en una casta cerrada de mentes (expertos pedagogos, expertos sociólogos, expertos teólogos), lo único que se consigue es distanciar a los ciudadanos de sus problemas, al tiempo que sustituir el dogma de la revelación por el dogma de la sumisión. Y, quizá lo más importante de todo, convertir las informaciones en una invitación a la pereza intelectual, un salvoconducto para evitar pensar por uno mismo.

– ¿Pensar? Para qué, si el experto ya lo hace por mí.

Asimilado Rojo

Anuncios

2 responses to this post.

  1. Posted by Asimilado azul on octubre 20, 2009 at 6:53 pm

    Bravo Rojo, has dado en el clavo. Me parece significativo de nuestra sociedad que “prestemos” nuestra capacidad crítica en otros. Para pensar, para analizar hay que hacer el esfuerzo de leer, estudiar, buscar fuentes y organizar toda esa información en nuestra cabeza.
    Además no dudo de la necesidad de la existencia de estos expertos pero hay que tener cuidado ¿Quiénes son? ¿Por qué debemos confiar en ellos, si salvo su nombre y un título (en los mejores casos, en otros sólo experto en…) no sabemos nada? Asimilado Azul.

    Responder

  2. […] raciocinio que empiece por nosotros, los votantes y que tiene que ver mucho con lo que hablaba Rojo sobre los expertos y el periodismo: pensemos por nosotros mismos. Que no digamos somos del PSOE o del PP, o de quien sea y eso sea […]

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: