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El periodismo, a veces

Hay titulares que sólo pueden ser escritos desde la lejanía. Y traigo dos ejemplos. Estos días un periódico tasaba la distancia exacta a partir de la cual divertirse es inmoral: 100 kilómetros. El kilómetro sentimental es una práctica habitual en periodismo, pero pocas veces se ha exhibido con tanta arrogancia, con una demagogia tan precisa. “Un crucero de lujo fondea a solo 100 kilómetros del horror de Haití”, moralizaba el titular. Quien redactó la información, además, se gustaba haciendo literatura y no dudó en la licitud de bucear en la conciencia de los diletantes e insensibles viajeros: “…muchos otros no pudieron resistirse a la tentación de tomar un cocktail”. No tengo mucho que añadir a los comentarios de los mismos lectores a esa información del periódico. Me limito a citar un par:

Según un informe contrastadísimo, como es habitual en este periódico, a 4785 km de la zona devastada por el terremoto, alguien estaba comiéndose una langosta ¡Y se ha dejado la cabeza sin chupar! ¡Que cínicos y sinvergüenzas!

Poner la comparación de un crucero de lujo respecto al drama de Haití es algo morboso porque no despierta ninguna conciencia.El mundo siempre ha funcionado así. Gente que muere en la miseria y al lado el millonario encendiendo los puros con billetes de 100 dólares siempre ha existido. Los humanos somos así. Lo importante es que al final todos nos morimos, este es el gran rasero que nos hace a todos iguales.

… Y así, hasta casi 900 comentarios.

Broma macabra, ese periódico publicó en el mismo día otro titular que desvela la cara más siniestra de los moralistas sin moral: “El terremoto de la solidaridad digital”. Un ejemplo de lo más pulido de metáfora como obscenidad. La misma sentencia banal y amarillista con la que el diario condenaba a unos turistas, le acaba condenado a él mismo. Para quien no tenga claro que titulares así sólo pueden ser escritos desde la más absoluta falta de empatía, juguemos a imaginar variantes para alguna de las tragedias españolas recientes:

Para el atentado del 11-M: “Los vagones de la solidaridad” o “Súbete al tren solidario”.

Para el accidente de Barajas: “Pista abierta para la solidaridad” o “La solidaridad despega”.

Para un coche bomba de ETA: “Estalla la solidaridad” o “La solidaridad, dinamita para los etarras”.

¿Se hubiera atrevido a publicar algo así quien ahora con tanta alegría se da al lujo de las metáforas macabras? ¿Con qué crédito moral se atreven a condenar aquello que ellos mismos han practicado, practican y practicarán?

Asimilado Rojo

Expertocracia

No es un fenómeno nuevo. De algún modo lo pronosticó ya en su día Marx Weber y hace treinta años fue ratificado por Jürgen Habermas: “La relación de dependencia del especialista con respecto al político parece haberse invertido, éste último se convierte en mero órgano ejecutor de una inteligencia científica”. La novedad ahora es que la patente de corso del experto, su voz áulica, no se deja sentir sólo en política.

El periodismo, antaño un oficio modesto, sin otra ambición que describir de forma clara la superficie del mundo, depende de una forma cada vez más abusiva y alarmante de la aprobación de los expertos. Sin el recurso al argumento de autoridad, el periodismo ha dejado hoy de ser un relato creíble. Algunos, aun reconociendo este hecho, razonarán que esto es fruto de una sociedad cuyo funcionamiento es complejo y enmarañado. Lo dudo.

Dejo al margen las noticias sobre experimentos y hallazgos científicos. No porque considere que los periodistas, y por ende los ciudadanos, no deban dejar en manos de los expertos sus divulgación (ni que decir tiene que la innovación requiere especialización), sino porque las causas de la baja calidad de las informaciones científicas tienen relación con muchísimos factores cuyo análisis está ahora fuera de lugar (en el libro del periodista y químico Carlos Elías, La razón estrangulada, hay un excelente repaso de algunos). Me centraré, pues, en cuestiones muchísimo menos elevadas y técnicas cuyo magisterio ya no pertenece al antiguo hombre razonable (copyright D.Y.) sino que ahora es comandado sin oposición por la intocable grey de los expertos.

Con o sin fin de las ideologías, la educación, la economía, la sanidad y la religión son pilares fundamentales del debate dentro de una sociedad con una esfera de opinión pública robusta. El periodismo recoge y al mismo tiempo difunde (por no decir que crea) las dispares posiciones políticas sobre las amenazas, problemas y soluciones que les incumben. Ahora bien, ¿es necesario que prácticamente todas las informaciones sobre estos asuntos vengan avaladas por el comentario de un experto? El experto A dice “bueno”. El experto B dice “malo”. ¿Quién miente? ¿Quién se aproxima más a la verdad? Desde luego, nunca lo sabremos, porque el periodista, en su afán por cubrirse las espaldas (o simplemente por pereza), ha delegado la responsabilidad de la veracidad en sujetos ajenos. Lo que sí sabemos es quién no pierde: el mismo periodista. ¡Cómo va a osar alguien oponerse a un experto! Nadie, tan sólo otro experto. Y así, de nuevo, vuelta a empezar.

El ejemplo más acabado de esto último son las informaciones basadas en análisis DAFO. Dejo al margen la petulancia y pedantería que supone usar una herramienta económica para elaborar un artículo de prensa (y que al resultado, encima, se le siga considerando -sin sonrojo- periodístico). Lo sobresaliente es que la disección mediante DAFO de, por ejemplo, la educación o la religión, no corre a cargo del redactor, sino que éste delega la responsabilidad en 3, 4 o 5 expertos en ese campo (el número y su calidad dependerán de las posibilidades económicas del medio de comunicación para el que trabaje el periodista). Así, de esta forma, no será el redactor el que a través de su propia experiencia, su perspicacia, sus contactos y su inteligencia describa una situación injusta, desesperante u ominosa, sino que serán los especialistas en esas materias los que esclarezcan las causas ultimísimas de sus males. La pura descripción del hecho ya no basta, sino que en bruto ésta es inoculada con una dosis irrebatible de verdad experta.

No se me malinterprete. No estoy haciendo una defensa demodé del periodista engreído y sabelotodo, del opinadetodólogo profesional. Todo lo contrario. Lo que quiero es defender el periodismo de hechos, pero de hechos buscados y contrastados por los propios periodistas. No del periodismo de agencias salpimentado de citas, cuanto más abundantes mejor, de ‘especialistas en’. Con esta forma perniciosa de delegar la responsabilidad en una casta cerrada de mentes (expertos pedagogos, expertos sociólogos, expertos teólogos), lo único que se consigue es distanciar a los ciudadanos de sus problemas, al tiempo que sustituir el dogma de la revelación por el dogma de la sumisión. Y, quizá lo más importante de todo, convertir las informaciones en una invitación a la pereza intelectual, un salvoconducto para evitar pensar por uno mismo.

– ¿Pensar? Para qué, si el experto ya lo hace por mí.

Asimilado Rojo